El cielo protector
AMARGOSA
Las buenas referencias que tenía de la escritora Isolda Patrón-Costas me llevaron a plantearme una inmediata visita a Amargosa. En cuanto eché un vistazo a la sinopsis, me decidí. El exotismo del desierto atrae más de lo que acalora, y la trama permitía entender que se trataba de un viaje hacia ninguna parte, lo que no dejaba de ser un plan muy sugerente. Marta es la protagonista. Vive en Los Angeles, trabaja en el cine y comparte existencia con un tipo que la hace feliz. Bueno, no exactamente. Dicho personaje, tan seductor, ha sido descubierto por la propia Marta en manos de su mejor amiga. Tan incrédula como descompuesta, se arma de valor, coge el coche y emprende una huida hacia el océano que acaba conduciéndola hacia un destino más imprevisible todavía. Da igual, vaya adonde vaya, va hacia adelante. La cosa se lía cuando inmersa en medio del paisaje más árido posible, que incluso se ha tragado su teléfono móvil, se queda tirada. Arena por todas partes, y la sensación de que los puntos cardinales se confunden entre sí.
Su título es, en efecto, Amargosa, lugar en el que es fácil entrar pero de donde es difícil salir. Hay sitios, reales o ficticios no importa, tan fascinantes que se convierten en un personaje más. Pero antes de que aquí eso ocurra, el amor ha pasado a un segundo plano, y al actuar a lo loco cierta extravagancia se impone. Una primera parada en un motel es el camino para conocer a Mona y a Roger, dos identidades en un solo cuerpo. Es un ser divertido y desenfadado que le tiende su mano y su tarjeta de visita. Nunca se sabe las vueltas que da la vida y lo mucho que nos terminamos necesitando los unos de los otros. La soledad llega luego, cuando surge la necesidad de encontrar un refugio. Y por arte de magia, allí se erige ante la propia Marta: se trata de un teatro que bien podría ser un hotel o de un hotel que bien podría ser un teatro. Una vivienda, un escondite, un oasis, un espejismo, un escenario que ansía público y aplausos, un paraíso lleno de sombras y un laberinto de colores estridentes que busca oscuridad. No es fácil descifrar los entresijos de la residencia de Suzanne, la infatigable maestra de ceremonias.
La autora acompaña al lector, lo agarra con firmeza y no se plantea soltarle. Es rápida en construir la trama y en generar suspense. Perfila rostros con diálogos ágiles que resultan entusiastas porque ayudan a definir todo lo que se cuece. Es una novela de solitarios, no tarda en advertirse que cada una de esas miradas que emergen desde el papel tienen una historia repleta de grandeza. Sabido es que lejos del mundanal ruido es donde se construye la verdad absoluta. Potente es la presencia de Tom, hombre para todo que en su día recibió cobijo allí mismo, y allí se quedó, como si no existiera nada que se extienda fuera de los límites de ese universo. Observándoles a todos ellos, Marta comprende que también está preparada para quedarse. Será la huida definitiva de quien la contamina, un tipejo que sale en su busca para repetirle la consabida frase de que nada es lo que parece. Reaparecen Roger y Mona, cada uno en su contexto, dos caras de una misma moneda que a veces es difícil lanzar al aire. De alguna manera, nadie consigue liberarse completamente de esas cadenas que forman parte de la indumentaria social.
Amargosa es una historia muy bella porque permite que sus protagonistas se descubran. Fue publicada en su momento por la editorial Tres Hermanas pero es un libro que sigue contando con un recorrido fantástico en cualquier librería, y así seguirá siendo. Hay algo en su ritmo que transmite musicalidad, como si quienes la pueblan insistieran en acabar con el silencio. Es una novela de miradas porque la propia rutina provoca curiosidad. A lo lejos se ubica Las Vegas, un atisbo de civilización que la protagonista visita con el objetivo de salir de su letargo, de refugiarse en su mítica y de resolver cuestiones pendientes que, dada la situación que acarrea, requieren de un banco y de un taller. Y todo ello adornado de momentos cálidos que les empujan a unos y a otros a conocerse y reconocerse. Lo que ocurre por fuera también está ocurriendo por dentro, y ya nada volverá a ser como antes de que la seguridad de su convivencia se rompiera en mil pedazos.
Isolda Patrón-Costas ha escrito una fábula repleta de magia que obliga a estar con los pies en el suelo. Está estructurada en capítulos cortos que alargan la estancia de Marta en ese lugar extraño que a cada página transmite más confort. Aunque me parece oportuno matizar que el desarraigo inicial no desaparece del todo, de ahí que sea una apuesta arriesgada. Pero por muy presente que está la soledad, son las personas las que irradian calidez, como si no fuera bastante el apabullante sol que insiste en permanecer como un elemento más del decorado. Y del que no se puede prescindir si queremos entender el magnetismo que fluye en el ambiente. Quizás os convenga también a vosotros, queridos lectores, queridas lectoras, aproximaros hasta la entrada principal de Amargosa, apartar las cortinillas y disfrutar de la representación. Es una visita que se debería programar al menos una vez en la vida.
JAVIER LAHOZ


